A cinco semanas del conflicto, uno de los principales objetivos de Estados Unidos —reabrir el estrecho de Ormuz— sigue sin concretarse. Pese a las declaraciones optimistas de Donald Trump, la realidad en el terreno muestra que Irán mantiene el control del paso y condiciona el tránsito marítimo global.
Un punto clave del petróleo mundial
El estrecho es una de las rutas energéticas más importantes del planeta: por allí circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial. Su bloqueo impacta directamente en los precios del crudo y en la estabilidad económica global.
Sin embargo, su geografía juega a favor de Irán. En su punto más angosto, el paso tiene apenas 35 kilómetros, lo que obliga a los buques a transitar muy cerca de la costa iraní, donde se concentran sus sistemas de defensa.
Ventaja estratégica iraní
A diferencia de una guerra convencional, Irán no necesita dominar el mar abierto. Su estrategia se basa en una combinación de:
- Misiles antibuque
- Drones
- Minas navales
- Lanchas rápidas
Estos recursos, más económicos y difíciles de neutralizar, le permiten mantener una amenaza constante sobre el tránsito marítimo.
De hecho, desde el inicio del conflicto ya se registraron ataques a buques comerciales y se sospecha el despliegue de miles de minas en la zona.
Un desafío casi imposible por la fuerza
Aunque desde Washington se insiste en que abrir el paso es posible, los analistas coinciden en que hacerlo completamente implicaría un costo militar altísimo.
Para garantizar la libre circulación, Estados Unidos debería controlar la costa iraní, lo que supondría escalar el conflicto a una guerra de mayor magnitud, algo que hoy no parece viable.
En ese contexto, la estrategia de Irán es clara: no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos, sino hacer que cualquier intento de intervención resulte demasiado costoso.
El resultado es un empate estratégico donde el control del estrecho sigue en manos iraníes, mientras el impacto económico y político se siente a nivel global.
